Archivos para marzo, 2012

En ocasiones me preguntan como debe meditarse.
Es una pregunta que no sé contestar, dado que no tiene una respuesta común para todo el mundo.
Uno debe ir encontrando su forma de meditar.
Su propia forma de meditar eficazmente.

A veces uno habla de la meditación y la compara con el correr…..
¿Alguien corre?
Bien, hay muchas similitudes entre una cosa y la otra.

En apariencia un corredor, simplemente corre, para un observador externo, es alguien que corre, sin más.
Puede correr más rápido, con mejor postura, con esta o aquella ropa, pero esto solo son juicios sobre el hecho de que está corriendo.

Igualmente, en apariencia, un meditador es alguien sentado en el suelo, con cara serena, para un observador externo, claro.

¿Pero qué ocurre en la mente y en el cuerpo del corredor?
Hablemos de distancias largas, de 20km o más.
Carreras que requieren esfuerzo físico y psíquico, como la meditación.
Los primeros kilómetros se corren con las piernas.
Los últimos, con la mente.

Habrá molestias, habrá dolor, como en la meditación.
Habrá que superar escollos o abandonar, como en la meditación.
Habrá sufrimiento y calma, como en la meditación.
Habrá ritmo y equivocaciones, como en la meditación.
Habrá contratiempos y acontecimientos inesperados, como en la meditación.

Para poder correr 20 km uno debe planificar. Para meditar también.
No se trata de poner un pie tras otro y alcanzar el km20, ni mucho menos, si alguien ha corrido 20km sabe de qué hablo. Tampoco se trata de sentarse en el suelo y cerrar los ojos, tampoco.

Comienza uno a correr y a los pocos minutos alcanzará ritmo, si no ha apretado demasiado y falta aire (molestias), tendrá un ritmo mantenido.
Si ha habido un calentamiento previo, no habrá calambres ni dolores musculares (de momento).
Como en la meditación, cualquier exceso se paga.

Cuando el corredor ya está corriendo con ritmo sostenido y superados los primeros pensamientos/anhelos, el corredor desaparece.

Lo repito, EL CORREDOR DESAPARECE, y se convierte en carrera.
El corredor se da cuenta de que lo importante no es llegar, es estar.
No es importante el siguiente paso ni el anterior, ni siquiera el actual.
Si uno piensa en la meta la carrera ya no es un fin en si misma.
Si uno piensa en el dolor ocurre lo mismo.

En carrera los anhelos son coger el ritmo, no encontrarse mal, mantener pulsaciones, observar la ausencia de dolores musculares, desear alcanzar el siguiente Km, obtener ánimo por parte del público….etc.etc.

DISTRACCIONES, nada más.
Todo esto demuestra ausencia de concentración en el objetivo único.

CORRER.
No llegar, correr.

El corredor no observa la meta, no la espera, no le importa.
Lo que le interesa al corredor debe ser “el instante”, el sudor corriendo por la espalda, los ojos empapados en lágrimas, la respiración forzada, la espalda encorvada para abrir las costillas flotantes y rascar ese mililitro de aire…. todo eso son efectos del esfuerzo realizado en el instante.
Esos efectos tampoco importan y no hay que observarlos.

Aparece el dolor y luego desaparecerá si no se le observa. Igual que en la meditación.

El corredor desaparece y solo corre, solo hay carrera, libertad en estado puro, esfuerzo que en este caso desencadena cambios fisiológicos y químicos dando lugar a estados alterados de ánimo que pueden ser muy similares a los estados de concentración profunda en la meditación.
La secreción de endorfinas no es nada nuevo, ni mágico ni esotérico.
El hipotálamo y la glándula pituitaria trabajan a marchas forzadas y segregan las preciadas endorfinas, que como neurotransmisores, producen una sensación de bienestar, de alegría, de energía.
Es el eterno consejo de los beneficios de la actividad física.

Es un cierto “control” (y quiero ser muy cuidadoso con la palabra control), sobre los equilibrios químicos y eléctricos del organismo a niveles moleculares y celulares.
Como la meditación.

Cierta clase de respiración modifica la secreción de endorfinas, por  poner un ejemplo, a eso es a lo que llamo cierto control.

No hay preguntas, no surgen, no hay ni siquiera objetivos, solo se es consciente de que el cuerpo está corriendo.
A partir de cierto Km, comienzan los problemas graves y el cuerpo y la mente luchan por parar.

¿Ante el dolor debe uno parar?
¿Ante la ansiedad debe uno parar?
¿Ante el miedo debe uno parar?
¿Ante la falta de aire debe uno parar?
¿Dónde está el límite?
Es conveniente ser prudente SIEMPRE.

Pero…. Si el cuerpo y la mente luchan por parar ¿Quién continúa?
¿Quién continúa?

Es una buena reflexión para cada uno.

Dicho esto, el límite no está en ninguna parte.
El límite es uno y es instantáneo.
El límite de hoy no es el de mañana ni fue el de ayer, así que el límite no existe.
Si hoy te detienes, ahí está el límite de hoy, de ese instante, pero eso no es el límite pues puede cambiar y la palabra “límite” indica un final inequívoco.
Cuando se ha alcanzado el límite, inmediatamente queda superado.
Es difícil explicar esto con palabras, hay que sentirlo.

El corredor tiene también distracciones psicológicas. Como en la meditación.
Cuando uno corre contra el sol, ve su sombra, por más que corra no la alcanzará jamás, tal vez si sigue corriendo y se hace de noche, la ausencia de sol hará que no haya sombra y el corredor pueda pensar (equivocadamente), que la ha dejado atrás, que la sombra se ha cansado de ir por delante.
Es solo un ejemplo de las cuestiones absurdas que surgen también durante la meditación y que alimentamos con nuestros pensamientos y nuestras “reflexiones”.

La meditación y el correr son complementarios, si se quiere, el correr se convierte en una meditación (al revés no es posible).

Hay que convertirse en meditación.
Hay que convertirse en carrera.

Y como tantas veces, esto hay que probarlo, no valen las teorías.

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