Archivos para marzo, 2014

Si este no fuera el último día, no habría notado el peso al levantarme.
No habría olido el cabello de quien descansa a mi lado ni le hubiera acariciado la cara mientras dormía.
No habría hablado con la pequeña mientras descansaba calmada, relajada y durmiente apoyada sobre sus muñecos de peluche.
No habría formulado los deseos que espero para ellas y para el día de hoy.
Tampoco habría percibido el peso y el sonido del agua sobre el cuerpo al ducharme ni el olor del jabón, ni la textura de las miles de pompas sobre la piel.
Pompas grandes, diminutas, pompas todas, tan iguales, tan distintas.
Tal vez no me habría puesto una sonrisa en la boca para fluir durante el día.
Tal vez me hubiera puesto la cara enfadada, tensa, desagradable y hostil que tantos días nos ponemos para funcionar en la vida.

Al salir no habría reparado en el aire frío impactando sobre la cara y las manos.
No habría percibido el movimiento de las ramas de los árboles desnudos cimbreándose sobre el tronco.
Tampoco habría podido esquivar la hierba sembrada de rocío brillante y la habría pisado sin duda, sin respeto, sin que me importara.
No habría percibido el regalo del aire haciendo volar varios papeles sobre la cabeza como si fueran cometas.
Y no habría escuchado el leve trino de algún pájaro que también ha madrugado.

Al conducir no habría sentido el volante sólido y frío.
No habría sentido la inercia del arranque y el movimiento ni el desplazamiento del frenado.
No habría tenido ocasión de sonreir en el atasco.
No habría visto el rayo de sol que a través de la ventana se posó sobre mi mano e hizo que cambiara su temperatura, su color y su brillo.
No habría visto como llueve.
No habría visto como cada gota de agua revienta en el suelo convirtiéndose en miles de pequeñas gotas iguales y distintas que la gota inicial que cae del cielo.

Al comer no habría pensado en cada movimiento desde el plato hasta mi boca y en todo lo que eso conlleva.
No habría bebido agua fría sintiendo su paso desde la boca al estómago, observando como desaparecía la sensación de sed.

Si no fuera el último día, no habría saboreado el postre de la misma forma.
Tampoco me hubiera relacionado con otras personas desde la calma, la serenidad y la atención, escuchando, reflexionando y respondiendo solo cuando es necesario, sin llenar el día de palabras inútiles que no son más que ruido y violencia.

Y desde luego, no habría respirado como si fuera la única cosa sobre la que tuviera control (que tampoco).
Igual no es mi último día y mañana puedo repetir estas experiencias maravillosas.

¿Quien sabe?