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Pensamiento_43

Publicado: 12 mayo 2014 en Pensamientos cortos
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La mente pensante es necesaria.

A diferencia de lo que mucha gente cree, además de servir para amargarle a uno la vida, la mente pensante sirve para poder percibir que lo contrario del Amor no es el odio sino la indiferencia; sirve para poder entender que el opuesto de la desdicha no es la felicidad sino la ausencia total en la percepción de acontecimientos y sirve también para propiciar la certeza de que lo contrario de la desgracia no es la alegría sino la calma.

Observa tu mente pensante, es útil.

Hace poco tiempo he recibido un email de alguien que ha sufrido una gran pérdida, es una tragedia que ocurre muchas más veces de las que pensamos, cada día, cada rato, cada instante, pero no por ello es menos dolorosa y terrible.

Me gustaría dedicarle esas líneas a todas aquellas personas que han sufrido una pérdida como esta, y en especial a la persona que me ha escrito, con el íntimo deseo de que en algún momento todos ellos encuentren al menos la senda que les lleve a obtener una mínima calma.

Sé que esa calma está ahí, bajo los escombros y la desolación, porque la he sentido.
Pero yo no la tengo y no la puedo dar.
Yo no la tengo.

Las personas temen, el miedo es un denominador común en la vida.
En algunos casos es el epicentro de la experiencia vital.
Si cogemos a 100 personas que son conscientes de su propio sufrimiento y les preguntamos que desearían, el 90% desearía no sentir miedo, deshacerse de esa sensación asfixiante que se convierte en un hábito.

El miedo, el temor.
Tememos perder, tememos no tener y tememos no alcanzar.
Esos son los tres pilares básicos del temor.

El temor a perder lo obtenido, lo poseído, la propiedad, la salud.
El temor a no tener lo que creemos que necesitamos o merecemos.
El temor a no alcanzar esas metas, ese objetivo, material o espiritual que creemos nos colmará de tranquilidad por fin.

Siempre pensando que la solución llegará mañana, siempre esperando que ocurra algo en el futuro que cambie el sufrimiento actual.
Siempre preocupados por cuestiones que no podemos controlar EN ESTE MOMENTO.
Siempre con ideas nada realistas sobre las circunstancias que nos ocupan y preocupan.
Y que fácil es decir: “no pienses en ello, no puedes hacer nada ahora”.
Y que extraordinariamente difícil es reconfigurar el pensamiento para que corrija esos problemas que causan tanto sufrimiento y tanto agotamiento mental, que frustran tantas vidas que podrían ser mejores….

Ahora, tal como he indicado, vamos a centrarnos en la pérdida.

La mente pensante no está preparada para la pérdida, ya lo he comentado otras veces, aunque la pérdida de la vida esté prevista (por un diagnóstico médico, por ejemplo), la mente jamás está preparada para la muerte de otra persona que no sea uno mismo; por pura lógica no puede estarlo.

Puedes planificar, puedes prever, puedes preparar, pero el instante en el que ocurre el desenlace, es único, es imprevisible y es irrepetible.
Nadie está preparado.
Si además se trata de la muerte de un niño, es imposible prever las consecuencias en los progenitores y en su círculo cercano.
Esa muerte es contra natura, la mente no la acepta, las personas no la aceptan.

Erróneamente, durante el duelo (del que hablaré más adelante), se comete un fallo enorme, pero que está plenamente justificado.
Ese error es buscar la justicia o injusticia que hay en la muerte, intentar etiquetar la ausencia en términos de “justo” o “injusto” es un camino sin salida, tan estrecho, que es muy difícil dar la vuelta y salir, así que normalmente la salida está por delante, traspasando el muro que hemos encontrado, y eso significa una lucha enorme y un castigo muy severo a nivel mental y físico.

Vivimos siguiendo una lógica que aunque no se vea o se perciba, si se analiza resulta conocida, coherente y cercana.
Si ponemos un pie y luego el otro, caminamos, esto es normal, es natural, se hace habitual y por tanto es un hábito aceptado.
Forma parte de la coherencia de lo que consideramos normal.
También “comprendemos” que un anciano fallezca, que termine su periplo vital y su vida termine, esto es aceptado.
Todo lo que empieza termina, una mente lógica puede llegar a esta conclusión por si misma sin mucho esfuerzo.
Pero la pérdida de un hijo es devastadora.
En el caso de los niños, uno no percibe un dolor mayor, un castigo más exigente, una inquietud más inmensa, un miedo más atroz que la pérdida de un hijo.
Uno no ha pasado por esa circunstancia, y no puede hacerse ni una idea.
Es una pérdida demoledora, no hay palabras que puedan describir la desolación completa que debe sentirse.

Uno ha visto estas situaciones, uno ha hablado con personas que están transitando por esta terrible senda, y no es posible describir el dolor, la angustia, la soledad, la culpa….
No es posible.

El dolor toma formas extrañas, inciertas, decadentes y sórdidas.
Se solapa con desconcierto, con ira, con frustración, con violencia….
Esa pérdida, sea súbita o previa enfermedad, deriva en un estado mental que puede (y debe) ser analizado en profundidad para poder minimizar el tiempo de sufrimiento.

Es un error pensar que las heridas se curan, esas heridas no se curan.
No desaparecen y no puede esperarse que lo hagan, ese no es un objetivo realista.
El tiempo es muchas veces algo destructivo, interminable y contraproducente.
No hay consuelo para esos padres, para esos hermanos y hermanas, para esos amigos, para esos cuidadores.
El desasosiego azota sin misericordia a estas personas, las mentes devastadas y sin esperanza buscan una salida, el agotamiento físico y mental, el no dormir, hace que la realidad (en este momento durísima), se vuelva aún más hostil.

Convivir con este dolor inmenso es imposible.
Conciliarlo es inalcanzable.
La confusión es extrema.

¿Cómo explicar que uno siente una vergüenza sobrecogedora por haber sobrevivido?
¿Cómo tragarse esa ira amarga y feroz que le queda a uno por haberse quedado?
¿Por qué no es posible, cumpliendo el acto de Amor más puro, poder cambiarse uno por aquel que ha partido?
La mente sabe que no es posible y este es otro conflicto.

El dolor, la pérdida, el furor y la ira se han convertido en un instante en lo único que nos queda.

¿Qué hacer cuando esto ocurre?, ¿qué hacer ante esta situación?, ¿cómo ayudar a estas personas?, ¿Cómo pueden encontrar consuelo?
Supongo que nadie tiene un manual para esto.
Pero no por ello hay que dejar pasar la situación con la idea de que ya terminará, hay algunas referencias, algunos mapas, algunas marcas que pueden seguirse.

Solo comenzar a caminar tras una pérdida como esta es signo suficiente de que se está haciendo algo, hay que caminar, hay que moverse, hay que hacer, hay que equivocarse, llevar una pequeña brújula en la mano y no detenerse.
(Qué fácil es decir esto, y que extraordinariamente difícil debe ser hacerlo, disculpadme, por favor).

Generalmente ante una pérdida importante, las personas transitan o pueden transitar por una serie de fases que están relativamente bien definidas.
Conocer estas fases puede ser diferencial para reducir el nivel de dolor psicológico y la carga mental que se está soportando.

Ese proceso tras la pérdida se conoce como duelo.
El duelo no solo es normal, sino que es necesario, es como la sangre que coagula tras una herida.
Es un proceso hacia la aceptación de una situación nueva, un intento de adaptación natural de la mente.

La duración del duelo es muy variable, pero los expertos consideran que el 90% de los casos que cubren las 5 etapas lo hacen en un tiempo que varía entre 1 y 3 años desde el momento de la pérdida.
(Quien esto escribe no es médico ni terapeuta; pero ha sentido y siente la pérdida como algo propio).

Solo uno mismo irá viendo el tiempo y el ritmo que se requiere para ir transitando el duelo.
No hay una forma “correcta” o “incorrecta” de llorar una pérdida: no todos experimentamos lo mismo, ni debe esperarse que sea así.
La pérdida siempre está ahí, pero para la mayoría de la gente, la pena cambia con el tiempo.
Cuidado, digo CAMBIA, no digo desaparece.

Eso no significa que todo el mundo tenga que pasar por todas las etapas, ni siquiera que los sentimientos aparecerán en ese orden.
Hay un estudio muy interesante y reciente (2012) en el que se demuestra que no existe un patrón establecido ni en la duración ni en el orden de las fases.

Se puede consultar aquí: (En inglés).
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22472274
(Si alguien lo necesita lo puedo traducir, no tiene más que decirlo).

Retomemos el duelo.
Todo duelo se compone de cinco etapas.

1.- Negación.
2.- Ira.
3.- Pacto o negociación.
4.- Depresión.
5.- Aceptación.

Veámoslas en detalle.

1.- Negación.

La negación siempre aparece, su duración varía enormemente, puede aparecer en forma de palabras o interiormente, en forma de pensamientos o elucubraciones personales. Pero SIEMPRE aparece. Es un indicador de una mente reactiva ante la pérdida inesperada (e inaceptable) que acaba de acontecer.
Le negación es un colchón de tiempo para que la mente pase a la siguiente fase.
Es el mecanismo de defensa más primario de la mente pensante, es poco eficaz, pero es necesario porque ofrece un espacio (no muy realista, pero espacio al fin y al cabo) para preparar el camino posterior.
La negación es un hueco entre la realidad (la pérdida) y la esperanza (que esa pérdida no sea cierta).

2.- Ira.

Junto con las primeras preguntas aparece la ira.
A menudo se solapa con la fase de negación.
La ira es el resultado de sumar un profundo pesar, la tristeza por la pérdida, la vergüenza, la rabia,  el resentimiento, la sensación de injusticia.
Aquí están condensadas las preguntas evidentes:
¿Por qué no a mí?
¿Por qué a él/ella?
¿Por qué ahora?
¿Y si hubiéramos ido antes al médico? (En caso de enfermedad)
¿Y si ese día no le hubiera dejado salir? (En caso de pérdida inesperada)

La ira es una fase agotadora para uno mismo y para los que rodean a uno, la paciencia tiene límites y el resto puede no entender una actitud tan hostil hacia uno mismo y hacia los demás.

3.-Pacto o negociación.

Aparece aquí una reacción primitiva y primordial, el penúltimo intento de evitar una realidad que cada vez se hace más real.
Al alcanzar la negociación la mente está exhausta de buscar culpables y de no encontrar alternativas.
Posiblemente es la fase más compleja del duelo y es seguramente la fase más íntima.
Las negociaciones pueden ser de toda clase, pero generalmente (y dependiendo de las creencias y culturas) se basan en ofrecimientos a Dios, a los médicos, a la sociedad, a uno mismo y a otros, para “cambiar” lo ocurrido.
En la negociación, el sentimiento de culpa (si existe), tiene un gran peso.

4.- Depresión.

Es la fase más evidente vista desde el exterior.
La persona se muestra débil, apática, pueden aparecer cuadros de angustia severa, insomnio, emociones conflictivas, pensamientos extraños, desrealización…
El impacto y la repercusión de esta fase es muy cambiante, y depende de factores tan dispares como la edad, la educación, el entorno social y las creencias.
También tienen un papel muy importante en esta fase las habilidades personales y sociales como la empatía, la resiliencia, la asertividad….etc.

Las personas mayores (>65 años) por mencionar un ejemplo claro, actúan de un modo muy distinto que adolescentes o personas de mediana edad.
Es una etapa muy delicada, probablemente es la que requiere más esfuerzo físico y mental para ser superada. Se junta todo el proceso anterior a esta fase y los síntomas físicos más complicados de asumir y soportar.
El cansancio es notable.
Es un momento en el que el apoyo exterior es más fundamental, aunque una excesiva intervención de personas externas puede dificultar el proceso de duelo.

5.- Aceptación.

Muchas personas piensan (o esperan) que la aceptación sea un estado en ausencia de conflicto, por decirlo a la ligera, una resolución de los estados anteriores.
Esta esperanza irreal, puede llevar a una vuelta (recaída o retorno) a fases anteriores.

La aceptación NO es una solución.

Probablemente la palabra “aceptación” no sea la más adecuada para definir un estado que tiene un comienzo, un proceso y un fin y que tiene más que ver con alcanzar la conclusión personal de que hay que vivir con lo que ha ocurrido, aunque sea extraordinariamente trágico, de que hay que continuar, de que hay que permitir, de que no hay que bloquear.

Algunas personas confunden aceptación con el final del camino, con la ausencia de malestar y en realidad no es así.
En este estado el dolor permite un vislumbre de esperanza, se percibe que la vida se abre paso, y ahí comienza la fase de aceptación.

Esta es la pequeña brújula que puedo ofrecer, que sin llegar a ser una guía, tal vez pueda al menos orientar.
No existe un manual para vivir, sería imposible hacerlo para todo el mundo.
Solo se trata de orientar, de tender una mano.
Esto no es fácil.
La pérdida es un hecho que cambia la vida, pretender evitarla o ignorarla no solo no es posible, sino que además es un error.
No voy a añadir nada más.

Mucho ánimo y muchos abrazos.

MI AMOR ES VUESTRO.