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La armonía del pez muerto.

Publicado: 22 junio 2016 en Reflexionando.....
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Estoy sentado en una gran piedra, noto el sol en mi cabeza, está muy alto, deben ser las 12 de la mañana.
No hace aire, algunas plantas cimbrean levemente cerca de mí.
Huele a campo, a limpio, pienso que me gustaría que lloviera.
La lluvia hace que el olor cambie. Huele bien cuando llueve.

Estoy sentado con las piernas colgando sobre un abismo de muchos metros.
Abajo, un río transcurre lento, ignorante y ausente a mi presencia.
Magníficamente inafectado.

Algunos insectos de un tamaño inquietante se posan en flores cercanas.
No estoy meditando, no estoy pensando, no estoy reflexionando, simplemente intento estar ahí. Sentado, como una piedra más.
Intento formar parte de ese lugar, pero sin hacer nada por conseguirlo.
Simplemente estoy.
Pero es muy difícil, llevo la “mochila” llena de cosas que debo sacar y abandonar, como quien purga una tubería sucia.
Es una limpieza necesaria.

No siento vértigo, esto es raro, pienso en el oído interno, en la apófisis lenticular y en la complejidad que puede darse en algo tan pequeño.
Luego pienso que es mucho más pequeño un átomo y aún más pequeña una partícula subatómica, en un instante estoy pensando en el bosón. (En el de Higgs, si).
Y me cuesta mucho trabajo detener ese pensar absurdo y completamente inútil que no hace otra cosa que molestarme ahora.

Percibo la inutilidad de esta información memorizada y me siento ridículo.
Vuelvo a sentir la piedra.

Al poco rato percibo un sonido que me alerta. Puede ser un animal algo más grande que esté corriendo por ahí, un conejo o algo así.
Mi mente ya se ocupa de pensar estupideces e iniciar mi sistema de alerta como si estuviera bajo una lluvia de misiles.

Tengo que hablar seriamente con mi amígdala sobre esto. Me está dando muchos problemas esta amígdala mía.
Ya te pillaré, se dónde estás.
Ignoro este trocito de tejido neuronal del tamaño de una almendra, porque ahora estoy intentado ser naturaleza, y no puedo. Esa almendrita y sus amigos los neurotransmisores no me dejan en paz.

Me relajo un poco, algunas técnicas sirven para que esa tensión que siento en el cuello, brazos y espalda baje un poco y se relaje el cuerpo.
Lo hago precisamente tensándolo aún más y luego relajando cada grupo muscular. (Jacobson).

Es curioso, a veces hay que apretar para poder aflojar. Es una lección que tengo presente.

Retomo mi contemplación con lo que parecen ser cigüeñas surcando un cielo en ausencia de nubes. Aunque dada mi destreza y conocimientos en este campo, bien podrían ser canarios flauta muy grandes….
Me limito a “disfrutar” de la canícula y a prestar atención a nada en particular.

La atención….
Que importante es.
La atención es transformadora.
No hay arma más afilada que la atención.

Alguien atento es invencible.
Alguien atento percibe que bajo el lodo puede haber agua y eso le conduce a una espera prudente (el cultivo de la paciencia).

De la atención surgen muchos estados, muchas virtudes y sobre todo, muchas actitudes, que si no son correctas o adecuadas, pueden ser modificadas.
Como pueden ser provocadas por la atención, pueden ser buscadas, encontradas y modificadas.
La atención es una guía, es un mapa, es una brújula, es una herramienta que procura e incita.

Sin atención eres un barco a la deriva.
Cuanto más fina sea la aguja de esa brújula, más óptimas y precisas serán las indicaciones que de.
Y por supuesto, la atención se puede trabajar, se puede mejorar, se puede afinar, se puede cultivar, se puede reforzar, y luego también se puede olvidar y/o ignorar, que es lo que hacemos casi todos.

Gracias a esa atención, vuelvo a sentir la piedra sobre la que estoy sentado.
Ahora escucho el río, lejano. No lo oigo, sino que lo escucho.
Mi cerebro (gracias a la atención, la concentración y el enfoque), es capaz de filtrar sonidos y “eliminar” o “amortiguar” los que no quiero oír.
Es maravillosa esta función. Casi todo el mundo la tiene.
Me centro en el río.

El agua transcurre de derecha a izquierda.
Rápidamente me pregunto si en Australia iría al revés y yo lo vería de izquierda a derecha y si yo estaría boca abajo ahora mismo…. (otro despiste, vaya, es muy difícil concentrarse ¿verdad?).

Como no hay un Maestro Zen con un Kyosaku detrás de mi, esta vez me libro del garrotazo, pero me lo hubiera llevado seguro, por el descuido.

Quedarme en silencio conmigo mismo es una de las cosas más difíciles que creo que he hecho jamás.
La inquietud mental es un obstáculo increíblemente duro y persistente.

El aburrimiento, el sopor, el sueño, los pensamientos circulares, los pensamientos obsesivos, los temores, los problemas, las preocupaciones, los anhelos, la culpa, la pena, el deseo, la intención, el cansancio, el dolor….
TODO, absolutamente TODO está ahí.

(Por cierto, que de nombres distintos le ponemos al pensar).

Por supuesto, para barrer la casa hay que sacar la escoba, no es suficiente con desear que esté limpia, hay que trabajar.
Y entonces te puedes dar cuenta de que no puedes estar contigo mismo, de que no te soportas y sobre todo, de que no te conoces y de que no eres como quieres creer que eres ni como te muestras a los demas. No eres como la imagen que crees que transmites al exterior.
Esto es disruptivo.
Hay un antes y un después de esto.
Desmoronar creencias es un trabajo duro.

Cuando percibes que es insoportable estar en silencio contigo mismo sufres bastante, lloras a menudo y estás muy triste (o tal vez no).

Durante años alcanzar el silencio costaba (cuando se conseguía), una mezcla de esfuerzo, práctica, insistencia, serenidad, calma, ira, furia, frustración, acción, empuje, determinación….
Y aún lo requiere, pero en algún momento todo eso sirve. Pero no es una fórmula mágica, sino un darse cuenta de algo.
Es como si estuvieras rellenando el mar con un cuenta gotas y sacaras el agua del propio mar.

Lo que estás echando ya está ahí y le pertenece y es lo mismo y cuando lo ves, tiras el cuentagotas lejos y te ríes. Te ríes mucho. Aunque también lloras.

También te das cuenta de que las experiencias y la intensidad de las mismas efectivamente aportan, pero aportan problemas, ruido y distracciones, son contraproducentes para parar, para detenerse. Es más difícil darse cuenta de que no hay que sumar ni añadir.
Ese no es el camino correcto (al menos para quién esto escribe).

Cuanto más intensa sea una experiencia, más te aleja del silencio.
Es difícil entender esto.
Sabes “que” te duele, pero no sabes “por qué” te duele.
Aquí hablamos del “por qué” te duele.
Te pasas la vida lamentando que no puedes meditar bien, pero no te preguntas por qué no puedes hacerlo.

Regocijarse y permanecer en el propio dolor es una mala idea que tiende a perpetuarse, porque justifica la consecuencia sin enfrentarse a la causa.

Sentirse desgraciado y no saber por qué es lamentable, hay que hacer algo, no quedarse en el “sentirse”, sino comprender la razón subyacente. El motivo. Sentirse desgraciado o triste es una consecuencia.

Saber que no puedes detener el pensamiento no es saber por qué no puedes detener el pensamiento.
Reconocer esto requiere mucho tiempo y práctica, hay mucho de ensayo-error en esto.

Tenemos una manía horrible de observar continuamente en que somos mediocres y culparnos por ello en lugar de pensar en mejorar nuestras destrezas y engrandecer así nuestras oportunidades.
En general, creo sinceramente que somos muy injustos y muy duros con nosotros mismos.
Hay que hablar de la psicología positiva (y aplicarla un poco de vez en cuando, si no constantemente).

Nadie acude a un psicólogo porque es optimista o porque se siente feliz. Es una pena.
Porque quizá sería más fácil entender y aplicar las razones por las que alguien se siente feliz que comprender y corregir los motivos por los que alguien sufre una depresión.

Retomo mi atención sobre el agua.
Dos segundos después observo peces.
Parecen carpas, casi todas grisáceas, veo algunas iridiscencias por el sol.
Definitivamente son carpas.
Distingo razonablemente bien las carpas.
Milésimas de segundo después, mi cuerpo sigue sobre esa piedra, pero mi cabeza ha volado al jardín de Tenyru-ji, el templo principal de la escuela Rinzay en Japón, (Está en Kyoto).

Nunca he estado, pero he soñado con sus carpas koi cientos de veces.
Es fantástico estar en Kyoto y llegar tan rápido, pero debo volver y así lo hago.
Vuelvo a mi piedra.

Las carpas se desplazan de una forma un poco caótica, conforman un grupo, pero no es compacto, hay muchas de ellas que parecen inquietas, sobre todo las que están en la parte exterior del grupo. Las carpas sacan la cabeza del agua, son como dragones, en la cultura japonesa es un animal muy admirado e importante.
Son valientes, resistentes y respetables.
El grupo es hermoso y hay mucha armonía en esos movimientos fugaces, en esos giros rápidos, contundentes, rotundos y seguros.

Presto atención y percibo que una de ellas no se desplaza por sí misma, sino que simplemente lo hace por el movimiento que genera el resto del grupo.
Pronto queda atrás, y tras un par de giros en el agua percibo que está muerta.
Esa carpa no tiene vida.
Ha dejado el grupo.
¿Dónde está? uno no sabe.

Pero esa carpa me ha dado una lección.

¿Acaso yo estaré muerto y me lleva la inercia del resto?
¿Me lleva la velocidad de la vida y me estoy perdiendo LA VIDA?
Desde lejos parecía viva, era indistinguible, la corriente y las circunstancias dirigían a esa carpa, la movían, la transportaban, parecía igual de viva que el resto….
Pero la atención ha hecho que uno se de cuenta. (Otra vez la atención).

Si te dejas llevar por las circunstancias eres un pez muerto!
Pienso que la mayoría muere sin que nadie se de cuenta, ni tan siquiera ellos mismos.
Y no puedo evitar preguntarme si soy un pez vivo en el río de esta vida.
¿Y tu?

 

Para Nobuyuki Tsujii, que nunca podrá leera esto ni ver la carpas que yo veo.
Gracias por hacerme sentir tanto.

J.

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Uno de los aspectos más difíciles de alguien que aborda alguna clase de práctica es el proceso de DESaprendizaje.

Este es un término o un concepto que puede resultar algo abstracto e incomprensible, pero en realidad no es tal cosa.
Tan simple es, que cuando es entendido, rara es la persona que no lo integra en su vida diaria.
En muchos escritos, muchos Maestros, hablan de abandonar, hablan de que la progresión no consiste en adquirir, sino en soltar, dejar, olvidarse, desprogramar…..etc, etc, etc.

Este hilo habla de ese tipo de proceso.
Aunque en mi opinión, y por mi experiencia (que por supuesto, puede estar equivocada, y con toda probabilidad lo estará), es mucho más difícil “olvidar” o “abandonar” hábitos del pensar que conseguir sustituirlos.

La clave es sustituir, el método es sustituir.

Pongamos un ejemplo….
La mente es un libro, cuando nacemos está lleno de hojas en blanco. A medida que crecemos, “aparecen” más hojas. De hecho, hasta el momento en que morimos, siempre hay hojas disponibles, salvo que exista un deterioro neurológico o cognitivo, pero no estamos hablando de eso ahora.
Esas hojas las “escribiremos” con todo el contenido que seamos capaces no solo de almacenar sino también de gestionar.

El almacenaje serían los recuerdos y el aprendizaje, pero también gestionamos continuamente todo aquello que es percibido, las emociones, las sensaciones, las experiencias y los estímulos (olores, sabores), que pueden quedar almacenados o no, pero que ahí han estado y por tanto han “escrito” aunque sea una leve línea en ese libro que es la mente.

En ese libro vamos escribiendo lo que sabemos y también lo que sabemos que no sabemos.
¿Lo que sabemos que no sabemos?
Exactamente eso.
Aunque suene raro es muy importante.

Sabemos que somos Pedro, Antonio o Silvia. Sabemos que somos solteros o casados, que somos personas y no piedras, sabemos donde vivimos y sabemos dónde fuimos de veraneo el año pasado. En realidad sabemos muchas cosas útiles (y otras menos útiles).
Sabemos una gran cantidad de cosas.

Cuando digo que también sabemos lo que no sabemos, me refiero a que sabemos que no sabemos pilotar un avión o poner en órbita un satélite o realizar una cirugía intracraneal o hacer una traqueotomía con un boli bic (algo que recomiendo encarecidamente no intentar).

Esto es lo que sabemos que no sabemos.
Tampoco sabemos hablar ruso. Por poner otro ejemplo. (Un ruso si sabrá, pero nosotros no).

No dice uno que no podamos llegar a hacer eso, dice uno que AHORA sabemos que no sabemos hacer estas cosas.
De modo que lo que sabemos y lo que sabemos que no sabemos queda almacenado en nuestro libro.

Es un libro especial. En primer lugar porque es único, no hay otro igual, y en segundo lugar porque es un libro que no puede borrarse, puede cambiarse, pero no borrarse. No hay goma de borrar, no venía en el pack, son las normas del juego de la vida. Esto es importante,
más adelante veremos por qué.

La mente aprende (se va escribiendo) de un modo curioso, autónomo e irrefrenable. No se puede impedir el aprendizaje. No hay manera. Es maravilloso.

Los estímulos y la respuesta a los mismos, hacen el trabajo.
Si existen estímulos, habrá aprendizaje de alguna clase a algún nivel y habrá respuesta.

Voy a buscar a un niño para recogerle, tiene menos de 2 años. (Esto es verdad, no es un ejemplo).
Me conoce, me ha visto otras veces.
Cuando me ve en la puerta, va hacia ella, a pesar de que sabe que no le van a dejar salir.

Eso es un aprendizaje que ya ha integrado, y es intuitivo, no es reflexivo, es un reflejo casi impulsivo.
Si me ve es que va a salir.
Si me ve es que voy a buscarle a él.
Todavía no lo entiende, pero lo sabe. El análisis llegará más tarde.

Si me ve desde una ventana que aún está lejana, me sonríe, levanta su mano y se pone a brincar. Se ha alegrado, se ha emocionado. Es una respuesta automática. No sabemos porque se ha alegrado (y ahora no tiene importancia), pero lo ha hecho.
Al salir a la calle, hay plantas, flores, entre ellas, hay una gran planta de romero, yo tengo la costumbre de tocar algunas hojas y después olerme las manos.
Lo mismo hago cuando como mandarinas, froto mis manos en la cáscara, las junto y las pongo sobre mi nariz inspirando ese maravilloso olor a mandarina.

El niño alarga su mano y repite EXACTAMENTE los movimientos que ha visto, yo no intento que lo haga, yo no quiero que lo haga, no se lo pido, tampoco quiero que no lo haga, no hago nada para propiciarlo y no hago nada para impedirlo. Simplemente lo hace él.
Toca la planta con sus manos, las frota y se las pone ante la cara.

Esto lo ha aprendido y lo ha integrado, porque si va otra persona a buscarle también lo hace.

Qué forma más maravillosa de aprender. Que inmensa capacidad de aprendizaje, que potencial más sobrecogedor y que fantástica herramienta tenemos sobre los hombros.

Aunque viviera 1000 años (cosa que afortunadamente no va a ocurrir), jamás dejará de asombrarme esta capacidad. Estamos hablando de un niño con 20 meses de vida.
Percibir esto es asombroso, es un instante de autentico gozo, un regalo.

Toda esta forma de aprender, adaptar y adquirir, se va automatizando a lo largo de la vida.
Por desgracia, la tendencia a complicarlo es inevitable.
Cuando dentro de poco tiempo el niño empiece a hacerse preguntas a si mismo sobre la razón por la que toca una planta y la razón por la que se huele las manos, habrá una nueva variable del pensar que puede complicarlo (seguro).

Y así vamos sumando juicios, ideas, dudas, miedos, posibilidades, alternativas….etc, y creamos estas vidas conflictivas que son las que normalmente vivimos, centrados en sortear problemas que en muchas ocasiones creamos nosotros mismos en nuestra mente y que nunca se van a producir en realidad. (Preocupaciones poco realistas, obsesiones, dudas, certezas sobre nuestra propia incapacidad o ineptitud…..etc, etc, etc).

¿Entonces esto es inevitable? ¿Seré siempre esclavo del pensar?
La respuesta es que es posible, pero también es posible que no.

Veamos en detalle cómo puede un adulto trabajar con su pensamiento y poner su cerebro a trabajar para él a fin de vivir mejor, o al menos con el fin de sufrir menos.

Recordemos que el aprendizaje ocurre (o puede ocurrir) hasta el último instante de la vida, y en una persona adulta, el aprendizaje está mucho más condicionado que en un niño, en el que resulta algo totalmente natural.

Por ejemplo.

Aprender a conducir suele ser una actividad estresante y complicada para muchas personas, pero podemos usarla como un muy buen ejemplo para ver cómo funciona el DESaprendizaje.

Es fácil recordar que cuando uno aprende a conducir todo es complicado.
Tenemos dos pies y hay tres pedales.
Uno frena, otro acelera y otro ¿desembraga?…. (Esto es muy complicado, me compraré un coche automático seguro….).

Además estamos moviendo un vehículo que pesa más de mil kilos, y nuestros límites ya no son los del cuerpo, son los del coche, y hay que controlarlos, por eso la atención está en extremo acentuada. Y además hay otros vehículos que interaccionan con nosotros. Hace falta concentración e ir adquiriendo destreza.
También está el profesor o profesora (juez/jueza implacable de nuestros desastres como conductores novatos) para añadir un poco más de complicación a la cosa, por si no hubiera suficiente.

Todo esto es dificilísimo, hasta que en algún momento, todo se convierte en automático, y ya no hay que pensar de forma secuencial.

Ya no hay que planificar paso a paso. ¿Que ha pasado? ¿Que ha cambiado?.

Llegados este punto, hemos creado un camino cerebral, una ruta neuronal,  un nuevo programa  que nos permitirá conducir, pero no únicamente ese vehículo, sino cualquiera que sea parecido.

Algo así pasa cuando aprende uno a montar en bicicleta. Eso no se olvida.
10 años sin montar en bicicleta, y nos costará poco retomar cierta soltura, porque ya existe el programa en el cerebro que se “acuerda” de cómo montar en bicicleta.

Esto es fantástico y muy útil, pero ¿qué ocurre si los programas que hemos fijado en nuestra mente nos hacen sufrir?
Pues que hay que cambiarlos.
Y eso cuesta.

Veamos…..

Si ahora intentáramos DESaprender a conducir sería complicado, porque puedes no conducir durante un año, pero seguiríamos siendo capaces de imaginar y pensar como se conduce (en definitiva, de recordar cómo se conduce). Seguiríamos viendo a gente conducir en nuestro entorno, conducir seguiría siendo algo normal. Y pasado ese año sin conducir, podríamos conducir un coche con muy poca dificultad.
Quizás no podríamos circular con normalidad, pero lo recordaríamos en muy poco tiempo.
De modo que así no habríamos DESaprendido nada.
Esto tiene toda la pinta de ser un fracaso.
No nos rindamos tan fácilmente, siempre hay opciones.

Si durante un año, allá donde fuera uno, y con quien fuera uno, estuviera obligado a conducir una carretilla elevadora, y fuéramos capaces de no ver ni un solo coche, ni conducirlo, ni siquiera verlos, entonces, el cerebro construiría nuevos programas, nuevos
caminos cerebrales que antes no estaban y que SUSTITUYEN el HABITO de conducir tal como está establecido en el subconsciente.
Son caminos nuevos, no son modificaciones de los caminos previamente integrados en la mente, es muy importante diferenciar esto.

Es algo llamado procesado subconsciente y es de vital importancia para comprender todo esto y poder aplicarlo.

Estamos haciendo una actividad MUY parecida a la que queremos sustituir.
Si jugáramos al tenis no DESaprenderíamos a conducir.

En cambio aprendiendo y adaptado la conducción a unas condiciones diferentes a las de un coche, sustituimos el hábito por otro similar.
Así podemos pensar que podemos cambiar emociones por emociones, ideas por ideas y sensaciones por sensaciones.

Esto, que así leído parece algo evidente a veces cuesta años de entender e integrar.
No se puede cambiar una idea por una emoción, ni se puede sustituir una sensación por una idea.
Todo tiene su lugar, todo tiene su orden, unas cosas desencadenan otras, mientras que otras no pueden desencadenar unas….

En esta situación, es muchísimo más complicado volver a conducir un coche, porque habría que desprogramar o DESaprender, en cierta medida la conducción de la carretilla elevadora, que ha SUSTITUIDO a la habilidad conducir un coche.

En cualquier caso, uno se pondría a conducir su coche y le costaría bastante, pero lo lograría, pues la capacidad de conducir un coche permanece en la memoria almacenada y puede ser reactivada si es necesario.
Pero ya se ha creado la programación de la carretilla, de manera que si se quiere evitar conducir un coche, puede quedar olvidado.

No se trata de un recuerdo, es una acción física que requiere muchos factores trabajando simultáneamente, algunos de ellos de modo inconsciente e involuntario (Como la integración del  cálculo reflejo de las distancias, por ejemplo).
Hay un experimento fantástico que se le ocurrió a Destin Sandlin y que consiste en manipular una bicicleta para que el giro de la rueda sea justo el contrario al esperado.
El experimento es sencillamente genial y explica muchas cosas al respecto del proceso de DESaprendizaje.
Se puede encontrar poniendo en google “bicicleta al revés”
Con este experimento, Destin Sandlin descubre algunas cosas fascinantes  sobre el condicionamiento de la mente en general  y sobre el aprendizaje infantil en particular.

Dicho esto,
Parece que el camino correcto no pasa por corregir pensamientos inadecuados (que generan actuaciones que pueden desembocan en sentimientos de culpa), sino que hay que SUSTITUIRLOS.

No eliminarlos, sino SUSTITUIRLOS.
No es lo mismo.
De hecho muchas personas no entienden la diferencia, pero la hay y es fundamental.

¿Y si las valoraciones y los juicios de uno fueran hábitos del pensar?
¿Y si uno fuera capaz de fijar sus valoraciones positivas y sustituir las negativas?
¿Acaso toda práctica de meditación SOSTENIDA no es SUSTITUIR el pensar burdo por el pensar sutil?
¿Acaso no es sustituir el ritmo de la mente por otro ritmo?

En otro hilo hablaré de las frecuencias del cerebro, pero a modo de introducción, indicar que el cerebro funciona con distintas frecuencias (medidas en hercios (Hz) o ciclos por segundo).

Principalmente 5 tipos, Gamma, Beta, Alpha, Theta y Delta, ordenadas de mayor a menor frecuencia.
Aunque hay algunas discrepancias a la hora de establecer las cifras, a grosso modo, la frecuencia Gamma es la frecuencia que muestra el cerebro cuando está en alerta, o ante una amenaza. Hablamos de frecuencias superiores a 30 Hz.
La frecuencia Beta (10-29 Hz) es la “frecuencia de trabajo“ que muestra el cerebro mientras estamos despiertos en una situación “normal”.
La frecuencia Delta (0.1-4 Hz) es la “frecuencia de trabajo” que muestra el cerebro mientras estamos en sueño profundo sin sueños.

En la meditación (y esto está comprobado), en el lóbulo frontal se incrementa la actividad mientras que en el lóbulo parietal se ralentiza. Es decir, mientras uno medita, la frecuencia cerebral cambia.

Y uno se pregunta:
¿Las ondas theta las crea el cerebro o aparecen cuando el cerebro está preparado?
¿Si con la práctica, el cerebro sustituyera las ondas Beta por ondas Theta, estaríamos DESaprendiendo a pensar?

Y así, llegamos a la pregunta más interesante.

¿Y si el “yo” es un programa mental?
Dale una oportunidad a esta opción…

¿Te lo puedes creer?
¿Qué implicaciones tendría esto?
¿Podríamos desaprender el yo?

¿Quieres intentarlo?

 

Para mi amigo D. Que ha conseguido que le recuerde cuando oigo el trino de un pájaro.