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La búsqueda del YO es el único camino común en todo conflicto mental y/o espiritual.
No se hace uno a la idea de lo importante que es esta pregunta hasta que pasados los años de estudios, de práctica, de meditación, de frustración, de desesperación, de búsqueda en definitiva, uno observa que está casi en el mismo sitio en donde estaba. O incluso en un sitio peor, lleno de dudas, de dilemas y de cuestiones supuestamente absurdas.

¿Quién soy yo? es la pregunta más importante que alguien interesado en si mismo puede hacerse.
Pero no es una pregunta de respuesta fácil, o ¿tal vez si?

¿Cómo abordarla?
¿Cómo empezar?
¿Cómo no perderse por el camino?
¿Cómo distinguir el trigo de la paja?
¿Cómo determinar algo como verdad?
¿Cómo etiquetarlo como irreal?
¿Lo que es verdad para mí lo es para otros?
¿Lo es para todos?
¿Mi realidad es la del resto?
¿Mi realidad no es el contenido de mi mente?
¿Cómo puedo comprobar esto?
¿Cómo puedo comprobarme a mí mismo desde mi propia mente?

Muchas son las preguntas, y aún más son las respuestas. Esto hace que multitud de buscadores dediquen su vida a girar una y otra vez sobre el asunto sin encontrar el más mínimo atisbo de verdad y desde luego, sin llenar a conocer SU verdad última al respecto de quien es uno.

Parece un camino sin meta, y probablemente lo sea.
El corredor de este camino alza el pie para la siguiente zancada y no hay nada más, no hay meta.

No debe haberla, y si la hubiera, ya llegará.
En esa zancada no hay nada que esperar, nada que anticipar y nada que temer.

¿Es la meta la que llega o es uno el que se dirige a ella (si la hubiera)?
¿Las circunstancias se presentan o es uno quien va hacia las circunstancias?

Uno observa el mundo desde sí mismo, la cabeza parece ser el centro perceptor del resto, por tanto parece claro que como es uno quien percibe, ese uno es el centro de observación.
PARECE CLARO,
Parece.

Durante siglos, la humanidad consideró que la tierra era el centro del universo, y observaba cada día como el sol “salía” y “se ponía”, es decir, se movía con respecto a la tierra, que permanecía fija. Hoy sabemos que esto no es cierto, es la tierra la que orbita alrededor del sol.

Esto podría llamarse realidad externa, es una realidad constatable, que ocurre fuera de uno mismo.

Así, cada persona da por hecho que fuera de sí misma y sin necesidad de su influencia, las cosas existen “per se”, es decir, existe una realidad externa a nosotros independientemente de que estemos observándola o no.

Esta certeza, nos permite vivir tal cual lo hacemos, sin necesidad de plantear a cada instante dilemas y preguntas constantes, pues da por supuesto que la casa donde vivimos seguirá estando cuando volvamos del trabajo, que nuestros hijos seguirán con vida cuando les volvamos a ver, suponemos que el coche estará aparcado donde lo dejamos, suponemos que el árbol de hoja verde en primavera tendrá la hoja amarilla en otoño, suponemos que el agua del mar está mojada y que la sal está salada.
Podemos hacer esto porque existe una sensación de continuidad.
Son cuestiones que se repiten y que son comprobables por uno y por el resto, por tanto son contrastables.

Si estos datos pueden transmitirse a otros, contarse, explicarse, comprobarse y esos otros perciben lo mismo que uno o algo muy similar, se considera que los datos son OBJETIVOS.

Así las cosas, el movimiento del sol con respecto a la tierra, fue una realidad objetiva y externa, a pesar de que era incierta.
Pero quedémonos con el significado del término “DATO OBJETIVO EXTERNO”.

Cuando uno observa su mundo interior, sus pensamientos, sus emociones, sus sensaciones, hablaríamos de un “DATO INTERNO”.

Si ese dato puede trasmitirse a otros, puede contarse, explicarse, comprobarse y otros perciben lo mismo que uno ante las mismas circunstancias, se considera que esa información es un “DATO OBJETIVO INTERNO”.
Por ejemplo, el miedo sería un dato objetivo interno y un bosque sería un dato objetivo externo.

Y aquí encontramos el primer dilema.

¿Acaso el miedo no es una percepción mental igual que el bosque?
¿Ambos no ocurren en la mente?
¿Acaso el bosque no es una percepción de nuestra mente?
¿Las percepciones externas no ocurren en nuestra mente?
¿Cómo sabe uno si existen los pensamientos si no los está observando?
¿Puede saberlo uno?

Existen por otra parte, las llamadas experiencias subjetivas, que son aquellas que no han tenido un desencadenante exterior (percibido por alguno de los 5 sentidos) y que pertenecen al mundo interior.
Por ejemplo los sueños, los recuerdos, los sentimientos o las preocupaciones serían experiencias subjetivas.

Pero se consideran normales, de hecho lo anormal sería la ausencia de estas experiencias.

Es indiscutible que existen, que pueden ser transmitidas, contadas y comparadas, por tanto son datos objetivos y contrastables (vaya, otro dilema).

Entonces, ¿el “yo” es objetivo o es subjetivo?.

CUIDADO con la respuesta, no es evidente aunque pueda parecerlo.
De hecho, el término “objetivo” no hace que algo sea REAL ni el término “subjetivo” hace que algo no lo sea.

Si parece claro que el “yo” solo está cuando se observa a sí mismo, y si ese “si mismo” es percibido como algo separado e independiente del resto, entonces aparece el “yo” y se adueña de todo.
Mis sueños, mis pensamientos, mi vida, mi familia, mi trabajo, mi nombre…..etc.

Por tanto, el “yo” es el centro de la experiencia percibida, y sin ese “yo” parece que no puede haber experiencia posible.

Pero a poco que busquemos veremos que esto no es cierto.

¿Es posible observar el yo cuando estamos en sueño profundo?
¿En sueño profundo existe el “yo”?
¿Puede ser verificado antes de despertar por la mañana o es tan solo una suposición perfectamente anclada en nuestro día a día?

La conclusión a la que puede llegar cualquiera que indague un poco en este asunto, es que la realidad percibida no puede existir nunca como DATO OBJETIVO, pues siempre será una percepción en la mente que necesariamente es SUBJETIVA. Por tanto, no se puede concluir que lo percibido sea REAL.

Por suerte o por desgracia, ahí entra también la percepción del “yo” que tenemos cada uno.
Ese “yo” es totalmente subjetivo.

De modo que surgen las dudas:
¿El “yo” es real o no?.
¿El “yo” es una percepción creada por la propia mente?.
¿Cómo no voy a existir si me duele un pie?.

Todo esto son palabras que pueden formar un punto de partida, o un sendero, o tal vez no hacerlo.
No se busca aquí dar una explicación y mucho menos una solución a un dilema vital, sino observar desde un punto de vista menos habitual a fin de despertar la curiosidad del buscador.

No hay nada peor que un buscador que no sabe lo que busca.
Es un buscador perdido, literalmente.

Hay quien justifica la existencia del yo señalándose el pecho cuando es preguntado.
¿Es por tanto el cuerpo el “yo”?
Parece que no, pues en un cuerpo inerte no hay “yo” (que sepamos).

¿Está ese “yo” dentro del cuerpo?
Si es así, ¿dónde se aloja?
¿Se puede sacar?
¿Se puede separar del cuerpo?

Hay quien justifica la existencia del yo en el conjunto mente-cuerpo.

En el año 2000, un grupo de científicos americanos aislaron el genoma completo de la mosca de la fruta o mosca del vinagre (Drosophila Melanogaster) y el hallazgo resultó sorprendente.
La mosca de la fruta comparte ADN con el ser humano en un porcentaje mayor que cualquier primate.
Este detalle cuestiona teorías como la de la evolución de Darwing, nada menos.
Sin embargo, nuestra querida mosca de la fruta también tiene cuerpo y también tiene mente, pero no hay ninguna prueba de que sea consciente de sí misma como algo separado e independiente, y por tanto tenga una actitud egoica (que sepamos).

Así que parece que tampoco el hecho de tener cuerpo-mente hace que aparezca el buscado “yo”.

Un recién nacido tiene cuerpo y mente. Pero no hay “yo” por ninguna parte, así que parece que el “yo” podría ser un hábito adquirido.
Un pensamiento, una costumbre.

No, no puedo probar todo esto que digo, por supuesto que no.

Pero el que no lo entendamos no significa que sea mentira y tampoco significa que sea verdad.

Todo esto es metafísica pura, pero no por ello debe ser ignorado.
Y desde luego tampoco defendido como algo cierto.
Los materialistas, los dualistas y los anclados a teorías cartesianas y rigurosas lo percibirán ridículo.
Tienen todo mi respeto, por supuesto.

Uno solo es alguien que duda constantemente.

El yo (otra vez)

Publicado: 3 septiembre 2012 en Reflexionando.....
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Uno siente que hay un YO porque a ese yo le ocurren cosas, uno está identificado con esa imagen que tiene de sí mismo/a.
Esa imagen suele ser muy sutil e incompleta, pero es persistente.

Al fin y al cabo, es ese “yo” el que nos mira desde el espejo antes de salir por la mañana a trabajar, es el que habla, es el que actúa y el que reacciona.
El yo aparece y permanece porque uno es consciente de sí mismo como algo independiente y separado del resto.

Ese algo independiente sufre, piensa y actúa.
En realidad, casi todo son reacciones y consecuencias, pero eso hay que verlo, hay que percibirlo.

Lo que uno sabe de sí mismo es completamente superficial.
Un análisis profundo y sincero a la pregunta ¿Quién soy yo?, no se sostiene, enseguida percibe uno que sabe muy poco sobre sí mismo y sobre eso que conoce como “yo”.

Si dejamos las ideas preconcebidas y adquiridas veremos que un ser se compone de 5 procesos.
Cuatro mentales y uno físico.
El aspecto físico es lo más percibido y obvio, es lo que percibimos con los sentidos.

Podríamos decir que todo lo que vemos está compuesto de partes más pequeñas, por ejemplo, vamos bajando y nos encontramos con las células que conforman el tejido humano, bajamos más y nos encontramos con las moléculas, los átomos….etc, etc.
En realidad, esto es física básica, no descubre uno nada nuevo.
Esto es cierto para cualquier cosa que pueda ser percibida como forma material.

Resulta que aquello que percibimos como sólido está compuesto de partículas subatómicas y ESPACIOS VACIOS.
Estas partículas subatómicas tienen una duración, aparecen y desaparecen en trillonésimas de segundo conviertiendose en un flujo de vibración.

En realidad, la materia es una corriente constante de ondas y/o partículas.
Así, todo lo material está compuesto de partículas —llamadas kalapas en pali— que son «unidades indivisibles».
Todas estas partículas tienen unas determinadas cualidades básicas de la materia que forman, esto es:

Masa, cohesión, temperatura y movimiento, que se combinan para formar estructuras que aparentemente tienen permanencia, pero que en realidad están compuestas de minúsculos kalapas que surgen y desaparecen constantemente de una forma extraordinariamente rápida.

Utilizando la física cuántica y de partículas actual, estos “Kalapas” (llamados así hace 2500 años por el Buda), son los “quarks” y los “leptones” actuales, es decir, las partículas conocidas más pequeñas que conforman la materia visible.
Esto es lo referente al cuerpo físico.

Ahora está la mente, la mente también forma parte de uno, o tal vez es al revés. Bueno, la realidad es que el proceso mental se conforma de cuatro procesos.

Consciencia, percepción, sensación y reacción.
En pali estos procesos son Viññana, Sañña, Vedana y Sankhara.

Consciencia: Es el acto de reconocimiento, la parte de la mente que recibe la información pero NO evalúa ni etiqueta, simplemente constata y registra la recepción de cualquier dato físico y/o mental.

Percepción: Identifica lo recibido por la consciencia, etiqueta y evalúa lo recibido como positivo o negativo.

Sensación: La sensación permanece quieta hasta que evalúa el mensaje que recibe de la percepción, y lo cataloga como agradable o desagradable.

Reacción: Surge una actividad a raíz de la interpretación que se ha dado en la sensación, si la sensación cataloga como agradable, la reacción es de apego; si la sensación cataloga como desagradable, la reacción es de repulsión.

Los cinco sentidos utilizan los mismos 4 procesos.
Es decir, el tacto, el oído, el gusto, el olfato y la vista reciben un dato y lo procesan siguiendo el esquema ordenado de los cuatro procesos.

Como la exposición a estímulos externos es constante, estamos continuamente recibiendo información que es procesada siguiendo esta pauta.
Esto se convierte en un hábito y no se percibe que en realidad lo que ocurre es esto y en ese orden.
Vivimos sin darnos cuenta de esto, y eso hace que tengamos la sensación de que hay un yo en alguna parte que recibe una experiencia continua.

Así, parece que hay un “yo” que experimentó, que experimenta y que experimentará, de aquí surgen los “yo era”, “yo soy” y “yo seré”.

Al igual que un televisor que aparentemente muestra movimiento continuo, pero que sabemos que son imágenes consecutivas, independientes y encadenadas a gran velocidad, la progresión ininterrumpida de acontecimientos ofrece una sensación de continuidad y de identidad.

Se puede decir que una persona es un proceso que fluye constantemente.
No podemos asegurar que lo que somos ahora es lo mismo que éramos hace dos segundos, como tampoco podemos asegurar que lo que somos ahora es lo mismo que lo que fuimos hace 20 años.

El apego a estos 5 procesos (consciencia, percepción, sensación, reacción y mente), produce el sufrimiento.
A su vez hay varios tipos de apego, los dos más incontrolables son el “yo” y el deseo.

El apego al hábito de buscar y encontrar gratificación de tipo sensual o sexual es deseo.
La aparente necesidad de obtener esto o aquello es deseo.
La necesidad de alcanzar cualquier cosa material o inmaterial (conocimiento i.e.), implica deseo.
La esperanza es deseo.

El deseo es un círculo sin final en el que el “yo” está en el medio señalando con el dedo y nunca sale de ahí, nunca se terminan las cosas (materiales o inmateriales) que uno puede llegar a desear.

El otro gran apego es el “yo”, el ego, esa imagen que tenemos de nosotros mismos.
Para cada uno ese “yo” es lo más importante.
Es la persona desde la que vivimos la vida y entendemos que sin “el”, sin ese “yo”, nada podría existir, porque desaparecería el constatador.

No hay nada que cree más apego que el “yo”.

Automáticamente de ese “yo” surge el “mío”.
El apego surge de las sensaciones de agrado y desagrado que a su vez derivan en atracción y repulsión.
Así, parece que el “yo” surge por la ignorancia de nuestra propia naturaleza.
La rueda del sufrimiento lo deja meridianamente claro:

Si surge la ignorancia, se produce la reacción.
Si se produce la reacción, se produce la consciencia.
Si se produce la consciencia, aparece el fenómeno mente-materia.
Si aparece el fenómeno mente-materia, se producen las 6 bases sensoriales (oído, tacto, gusto, vista, olfato y mente).
Si se producen las 6 bases sensoriales, aparece el contacto.
Si aparece el contacto, surge la sensación.
Si surge la sensación, aparecen el deseo y la aversión.
Si aparecen el deseo y la aversión, se produce el apego.
Si se produce el apego, se produce el devenir.
Si se produce el devenir, se produce el nacimiento.
Si se produce el nacimiento, aparece la muerte.

Así surge el sufrimiento y así surge el “yo”.
Por tanto…

¿Quién es ese yo?.
No pregunto como surge, eso ya lo hemos visto.
No pregunto por qué surge, eso ya lo hemos visto.

Pregunto ¿Quién es? ¿Qué identidad tiene? ¿Cuál es su naturaleza?.

Eso no lo hemos visto y lo que yo vea no será lo mismo que lo que veas tu.

Post dedicado a mi amigo R. que está buscando algo.
Deseando que lo encuentre y lo abandone.

¿Dónde está el yo?
¿Quién es ese yo?
¿De donde sale ese protagonista que toma las decisiones?

Cuando uno hace estas preguntas las personas se sorprenden, les parece algo tan evidente que no les supone ninguna duda.

– El yo… pues soy yo.
– El yo es uno mismo.
– El yo es la persona que está aquí.
– El yo es este cuerpo que le observa……etc, etc, etc.

Las respuestas más peregrinas surgen de esta pregunta.
Es una pregunta importante.
Si uno reflexiona íntimamente sobre esta pregunta encontrará muchas respuestas, dos de esas respuestas serán:

1.- El yo no puede definirse por lo que es, sino por lo que no es.
2.- Así como el ojo no puede verse a si mismo, el yo no puede encontrarse a si mismo de forma sincera, frontal y directa.

Dicho esto, busquemos juntos el yo.

¿Cuándo aparece el yo?
Inicialmente, al principio de la vida, cuando la persona tiene unos 12 o 18 meses aproximadamente, aparece el concepto de propiedad.
Aparece el “mío”.
Esto es mío, aquello es mío.
Solo se pronuncia la palabra “mío”, no hay un sujeto.

Muchos niños a esa edad no se identifican consigo mismos, sino que se llaman a si mismos por su nombre.
Construyen frases simples en las que al final aparece su nombre como propietario de algo.
Es un poco más tarde cuando aparece el yo, cuando el pequeño se identifica a si mismo en un espejo y empieza a tomar conciencia de que es (cree que es) un individuo independiente.
También es muy significativo que durante la infancia, cuando ya está establecido el yo, uno se señala al pecho cuando habla de si mismo, se toca el esternón.
Se señala junto al corazón con el dedo índice para indicar “yo”.
Podríamos por tanto ubicar el yo en el pecho, pero no, parece evidente que nadie “siente” el yo a la altura del pecho.
Desechamos por tanto que el yo esté en el pecho.
Indaguemos un poco más.

Más adelante, parece que el yo se desplaza a la cabeza. La identidad del ego, del yo, se establece en la cabeza, se asocia con el cerebro pensante.
Seguimos apuntando con el dedo al pecho cuando hablamos de “mi”, pero la sensación es que quien controla, quien conduce, quien maneja, quien toma las decisiones, está (o es desde) la cabeza.

¿Acaso yo soy el cerebro?
¿Acaso yo soy el cráneo?
¿Acaso yo soy el encéfalo?
¿Acaso yo soy la neurona?
¿Acaso yo soy los músculos faciales?
¿Acaso yo soy el tálamo?
¿Acaso yo soy el hipotálamo?
¿Acaso yo soy el bulbo raquídeo?

Para que seguir….
Evidentemente yo no soy ninguna de esas cosas.
Quizá el yo no esté en la cabeza tampoco.
Quizá solo sea un error de interpretación, un malentendido universal.
Tal vez, tal vez.

¿Dónde más puedo buscar el yo?
Debe estar dentro del cuerpo, no se concibe que el yo esté fuera del cuerpo ¿verdad?.
Analicemos pues el cuerpo.

Yo no soy el cuerpo burdo, no soy lo que en hinduismo se llama dathu, los siete dathus.

1. Rasa – Linfa
2. Rakta – Sangre
3. Mausa – Músculo
4. Meda – Grasa
5. Madhya – Tuétano o médula ósea
6. Asthi – Hueso
7. Shukra – Semen (u óvulo)

No soy la linfa, no soy la sangre, no soy el músculo, no soy la grasa, no soy la médula ósea, no soy el hueso y tampoco soy el semen o el óvulo.
No lo soy.
Parece evidente que los dathus sustentan el cuerpo físico, pero el yo no aparece por ninguna parte.

Yo no soy los sentidos.
No soy el oído que me permite oir.
No soy el tacto que me permite tocar.
No soy la vista que me permite mirar.
No soy el olfato que me permite oler.
No soy el gusto que me permite saborear.

No soy nada de eso.
No soy la mente que piensa, ese contenido solo está basado en el conocimiento acumulado.
No soy la memoria.
No soy las esperanzas, no soy los anhelos, no soy la ira.
No soy el miedo ni soy el deseo.
No soy.

Y si no soy todo eso
¿Qué soy?
¿Quién soy?
¿Donde está el yo?

Si se niega todo lo anterior, la conciencia que queda y permanece eso es lo que soy.

¿Yo?
¿Quién ese ése?