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Hace poco tiempo he recibido un email de alguien que ha sufrido una gran pérdida, es una tragedia que ocurre muchas más veces de las que pensamos, cada día, cada rato, cada instante, pero no por ello es menos dolorosa y terrible.

Me gustaría dedicarle esas líneas a todas aquellas personas que han sufrido una pérdida como esta, y en especial a la persona que me ha escrito, con el íntimo deseo de que en algún momento todos ellos encuentren al menos la senda que les lleve a obtener una mínima calma.

Sé que esa calma está ahí, bajo los escombros y la desolación, porque la he sentido.
Pero yo no la tengo y no la puedo dar.
Yo no la tengo.

Las personas temen, el miedo es un denominador común en la vida.
En algunos casos es el epicentro de la experiencia vital.
Si cogemos a 100 personas que son conscientes de su propio sufrimiento y les preguntamos que desearían, el 90% desearía no sentir miedo, deshacerse de esa sensación asfixiante que se convierte en un hábito.

El miedo, el temor.
Tememos perder, tememos no tener y tememos no alcanzar.
Esos son los tres pilares básicos del temor.

El temor a perder lo obtenido, lo poseído, la propiedad, la salud.
El temor a no tener lo que creemos que necesitamos o merecemos.
El temor a no alcanzar esas metas, ese objetivo, material o espiritual que creemos nos colmará de tranquilidad por fin.

Siempre pensando que la solución llegará mañana, siempre esperando que ocurra algo en el futuro que cambie el sufrimiento actual.
Siempre preocupados por cuestiones que no podemos controlar EN ESTE MOMENTO.
Siempre con ideas nada realistas sobre las circunstancias que nos ocupan y preocupan.
Y que fácil es decir: “no pienses en ello, no puedes hacer nada ahora”.
Y que extraordinariamente difícil es reconfigurar el pensamiento para que corrija esos problemas que causan tanto sufrimiento y tanto agotamiento mental, que frustran tantas vidas que podrían ser mejores….

Ahora, tal como he indicado, vamos a centrarnos en la pérdida.

La mente pensante no está preparada para la pérdida, ya lo he comentado otras veces, aunque la pérdida de la vida esté prevista (por un diagnóstico médico, por ejemplo), la mente jamás está preparada para la muerte de otra persona que no sea uno mismo; por pura lógica no puede estarlo.

Puedes planificar, puedes prever, puedes preparar, pero el instante en el que ocurre el desenlace, es único, es imprevisible y es irrepetible.
Nadie está preparado.
Si además se trata de la muerte de un niño, es imposible prever las consecuencias en los progenitores y en su círculo cercano.
Esa muerte es contra natura, la mente no la acepta, las personas no la aceptan.

Erróneamente, durante el duelo (del que hablaré más adelante), se comete un fallo enorme, pero que está plenamente justificado.
Ese error es buscar la justicia o injusticia que hay en la muerte, intentar etiquetar la ausencia en términos de “justo” o “injusto” es un camino sin salida, tan estrecho, que es muy difícil dar la vuelta y salir, así que normalmente la salida está por delante, traspasando el muro que hemos encontrado, y eso significa una lucha enorme y un castigo muy severo a nivel mental y físico.

Vivimos siguiendo una lógica que aunque no se vea o se perciba, si se analiza resulta conocida, coherente y cercana.
Si ponemos un pie y luego el otro, caminamos, esto es normal, es natural, se hace habitual y por tanto es un hábito aceptado.
Forma parte de la coherencia de lo que consideramos normal.
También “comprendemos” que un anciano fallezca, que termine su periplo vital y su vida termine, esto es aceptado.
Todo lo que empieza termina, una mente lógica puede llegar a esta conclusión por si misma sin mucho esfuerzo.
Pero la pérdida de un hijo es devastadora.
En el caso de los niños, uno no percibe un dolor mayor, un castigo más exigente, una inquietud más inmensa, un miedo más atroz que la pérdida de un hijo.
Uno no ha pasado por esa circunstancia, y no puede hacerse ni una idea.
Es una pérdida demoledora, no hay palabras que puedan describir la desolación completa que debe sentirse.

Uno ha visto estas situaciones, uno ha hablado con personas que están transitando por esta terrible senda, y no es posible describir el dolor, la angustia, la soledad, la culpa….
No es posible.

El dolor toma formas extrañas, inciertas, decadentes y sórdidas.
Se solapa con desconcierto, con ira, con frustración, con violencia….
Esa pérdida, sea súbita o previa enfermedad, deriva en un estado mental que puede (y debe) ser analizado en profundidad para poder minimizar el tiempo de sufrimiento.

Es un error pensar que las heridas se curan, esas heridas no se curan.
No desaparecen y no puede esperarse que lo hagan, ese no es un objetivo realista.
El tiempo es muchas veces algo destructivo, interminable y contraproducente.
No hay consuelo para esos padres, para esos hermanos y hermanas, para esos amigos, para esos cuidadores.
El desasosiego azota sin misericordia a estas personas, las mentes devastadas y sin esperanza buscan una salida, el agotamiento físico y mental, el no dormir, hace que la realidad (en este momento durísima), se vuelva aún más hostil.

Convivir con este dolor inmenso es imposible.
Conciliarlo es inalcanzable.
La confusión es extrema.

¿Cómo explicar que uno siente una vergüenza sobrecogedora por haber sobrevivido?
¿Cómo tragarse esa ira amarga y feroz que le queda a uno por haberse quedado?
¿Por qué no es posible, cumpliendo el acto de Amor más puro, poder cambiarse uno por aquel que ha partido?
La mente sabe que no es posible y este es otro conflicto.

El dolor, la pérdida, el furor y la ira se han convertido en un instante en lo único que nos queda.

¿Qué hacer cuando esto ocurre?, ¿qué hacer ante esta situación?, ¿cómo ayudar a estas personas?, ¿Cómo pueden encontrar consuelo?
Supongo que nadie tiene un manual para esto.
Pero no por ello hay que dejar pasar la situación con la idea de que ya terminará, hay algunas referencias, algunos mapas, algunas marcas que pueden seguirse.

Solo comenzar a caminar tras una pérdida como esta es signo suficiente de que se está haciendo algo, hay que caminar, hay que moverse, hay que hacer, hay que equivocarse, llevar una pequeña brújula en la mano y no detenerse.
(Qué fácil es decir esto, y que extraordinariamente difícil debe ser hacerlo, disculpadme, por favor).

Generalmente ante una pérdida importante, las personas transitan o pueden transitar por una serie de fases que están relativamente bien definidas.
Conocer estas fases puede ser diferencial para reducir el nivel de dolor psicológico y la carga mental que se está soportando.

Ese proceso tras la pérdida se conoce como duelo.
El duelo no solo es normal, sino que es necesario, es como la sangre que coagula tras una herida.
Es un proceso hacia la aceptación de una situación nueva, un intento de adaptación natural de la mente.

La duración del duelo es muy variable, pero los expertos consideran que el 90% de los casos que cubren las 5 etapas lo hacen en un tiempo que varía entre 1 y 3 años desde el momento de la pérdida.
(Quien esto escribe no es médico ni terapeuta; pero ha sentido y siente la pérdida como algo propio).

Solo uno mismo irá viendo el tiempo y el ritmo que se requiere para ir transitando el duelo.
No hay una forma “correcta” o “incorrecta” de llorar una pérdida: no todos experimentamos lo mismo, ni debe esperarse que sea así.
La pérdida siempre está ahí, pero para la mayoría de la gente, la pena cambia con el tiempo.
Cuidado, digo CAMBIA, no digo desaparece.

Eso no significa que todo el mundo tenga que pasar por todas las etapas, ni siquiera que los sentimientos aparecerán en ese orden.
Hay un estudio muy interesante y reciente (2012) en el que se demuestra que no existe un patrón establecido ni en la duración ni en el orden de las fases.

Se puede consultar aquí: (En inglés).
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22472274
(Si alguien lo necesita lo puedo traducir, no tiene más que decirlo).

Retomemos el duelo.
Todo duelo se compone de cinco etapas.

1.- Negación.
2.- Ira.
3.- Pacto o negociación.
4.- Depresión.
5.- Aceptación.

Veámoslas en detalle.

1.- Negación.

La negación siempre aparece, su duración varía enormemente, puede aparecer en forma de palabras o interiormente, en forma de pensamientos o elucubraciones personales. Pero SIEMPRE aparece. Es un indicador de una mente reactiva ante la pérdida inesperada (e inaceptable) que acaba de acontecer.
Le negación es un colchón de tiempo para que la mente pase a la siguiente fase.
Es el mecanismo de defensa más primario de la mente pensante, es poco eficaz, pero es necesario porque ofrece un espacio (no muy realista, pero espacio al fin y al cabo) para preparar el camino posterior.
La negación es un hueco entre la realidad (la pérdida) y la esperanza (que esa pérdida no sea cierta).

2.- Ira.

Junto con las primeras preguntas aparece la ira.
A menudo se solapa con la fase de negación.
La ira es el resultado de sumar un profundo pesar, la tristeza por la pérdida, la vergüenza, la rabia,  el resentimiento, la sensación de injusticia.
Aquí están condensadas las preguntas evidentes:
¿Por qué no a mí?
¿Por qué a él/ella?
¿Por qué ahora?
¿Y si hubiéramos ido antes al médico? (En caso de enfermedad)
¿Y si ese día no le hubiera dejado salir? (En caso de pérdida inesperada)

La ira es una fase agotadora para uno mismo y para los que rodean a uno, la paciencia tiene límites y el resto puede no entender una actitud tan hostil hacia uno mismo y hacia los demás.

3.-Pacto o negociación.

Aparece aquí una reacción primitiva y primordial, el penúltimo intento de evitar una realidad que cada vez se hace más real.
Al alcanzar la negociación la mente está exhausta de buscar culpables y de no encontrar alternativas.
Posiblemente es la fase más compleja del duelo y es seguramente la fase más íntima.
Las negociaciones pueden ser de toda clase, pero generalmente (y dependiendo de las creencias y culturas) se basan en ofrecimientos a Dios, a los médicos, a la sociedad, a uno mismo y a otros, para “cambiar” lo ocurrido.
En la negociación, el sentimiento de culpa (si existe), tiene un gran peso.

4.- Depresión.

Es la fase más evidente vista desde el exterior.
La persona se muestra débil, apática, pueden aparecer cuadros de angustia severa, insomnio, emociones conflictivas, pensamientos extraños, desrealización…
El impacto y la repercusión de esta fase es muy cambiante, y depende de factores tan dispares como la edad, la educación, el entorno social y las creencias.
También tienen un papel muy importante en esta fase las habilidades personales y sociales como la empatía, la resiliencia, la asertividad….etc.

Las personas mayores (>65 años) por mencionar un ejemplo claro, actúan de un modo muy distinto que adolescentes o personas de mediana edad.
Es una etapa muy delicada, probablemente es la que requiere más esfuerzo físico y mental para ser superada. Se junta todo el proceso anterior a esta fase y los síntomas físicos más complicados de asumir y soportar.
El cansancio es notable.
Es un momento en el que el apoyo exterior es más fundamental, aunque una excesiva intervención de personas externas puede dificultar el proceso de duelo.

5.- Aceptación.

Muchas personas piensan (o esperan) que la aceptación sea un estado en ausencia de conflicto, por decirlo a la ligera, una resolución de los estados anteriores.
Esta esperanza irreal, puede llevar a una vuelta (recaída o retorno) a fases anteriores.

La aceptación NO es una solución.

Probablemente la palabra “aceptación” no sea la más adecuada para definir un estado que tiene un comienzo, un proceso y un fin y que tiene más que ver con alcanzar la conclusión personal de que hay que vivir con lo que ha ocurrido, aunque sea extraordinariamente trágico, de que hay que continuar, de que hay que permitir, de que no hay que bloquear.

Algunas personas confunden aceptación con el final del camino, con la ausencia de malestar y en realidad no es así.
En este estado el dolor permite un vislumbre de esperanza, se percibe que la vida se abre paso, y ahí comienza la fase de aceptación.

Esta es la pequeña brújula que puedo ofrecer, que sin llegar a ser una guía, tal vez pueda al menos orientar.
No existe un manual para vivir, sería imposible hacerlo para todo el mundo.
Solo se trata de orientar, de tender una mano.
Esto no es fácil.
La pérdida es un hecho que cambia la vida, pretender evitarla o ignorarla no solo no es posible, sino que además es un error.
No voy a añadir nada más.

Mucho ánimo y muchos abrazos.

MI AMOR ES VUESTRO.

Me voy a permitir escribir esta entrada en primera persona a fin de imprimir al texto la cercanía que siento.

En poco tiempo he recibido varios emails de distintas personas en los que me transmiten problemas personales  de diversa índole y gravedad.
Me resulta muy difícil imaginar de qué forma esperáis que pueda ayudaros,  pero sin duda voy a intentarlo.
Me habéis confiado asuntos muy personales que pertenecen al ámbito íntimo de cada uno sin siquiera conocerme y eso indica el grado de desesperación que podéis estar sufriendo.
Desconozco la razón por la que soy el destinatario de esos emails, tal vez la web o el blog os hayan resultado inspiradores, interesantes o incluso reveladores, quizás.

Tal vez no haya quien escuche, tal vez no os atreváis a contar vuestro problema a alguien cercano de vuestro circulo personal, no sé, pero lo que es seguro es que hasta ahora no se han resuelto los problemas, tal vez no hayáis encontrado quien responda a las preguntas.
O puede que no hayáis hecho las preguntas oportunas.
En cualquier caso, evidentemente, no hay una solución común a los distintos problemas, pero observando con mucho detenimiento se puede ver que hay varios problemas que tienen una raíz común.
En vuestros emails aparece el miedo, la desolación, la tristeza y todas esas emociones o sentimientos que afloran cuando las cosas van mal (o se percibe que van mal) o cuando uno debe enfrentarse a una situación personal especialmente complicada.

Percibo el conflicto, lo veo claramente y voy a intentar ayudaros.
Aunque debe quedar claro desde el principio que no soy médico, ni psicólogo ni terapeuta de ninguna clase, consideradme simplemente alguien que se alegraría enormemente si vuestros problemas se solucionaran, olvidaros del mensajero (que no tiene ninguna importancia) y quedaros con el mensaje, y dicho esto, vamos a caminar juntos un rato.

Todo conflicto tiene unas raíces comunes que vamos a intentar ver juntos, cada uno debe percibir por sí mismo, percibir si lo que estoy escribiendo oculta algo de verdad, algo de sentido.
De nada sirve creer.
Cuando uno está devastado por los problemas puede ser pasto de falsas esperanzas, debéis ignorarlas y comprobar todo por vosotros mismos.

NO OS CREAIS NADA, PENSAD. De verdad, insisto, de nada sirve creer.

Lo que voy a tratar de describir aquí es común a todas las personas, solo hay que observar con mucha atención y prudencia, de forma seria e íntima para saber encontrar.
Si sabes buscar tal vez encuentres, pero si no sabes encontrar estarás buscando siempre.

Para lo que intento contar, prácticamente da igual el desencadenante del estado actual de la persona, me voy a centrar en este estado laxo actual, en las razones por las que estaís así, por las que os sentís como os sentís y por las que pensáis como pensáis. Y lo más importante es que cuando comprendáis como funciona esto, podréis cambiarlo.

Cuando uno se encuentra en medio de un conflicto, generalmente los sentimientos que aparecen son comunes a la mayoría de las personas.
Pongo los 3 más comunes aunque hay otros.
Miedo, Ira y Tristeza.
Todos lo que me habéis escrito sentís los 3, juntos o separados, tal vez depende del día, pero pasáis por los 3 en ciclos de forma reiterada.
A partir de estos aparecen muchos otros estados distintos, por ejemplo, una tristeza profunda y sostenida en el tiempo se convierte o puede convertirse en una depresión.
Los opuestos a estos estados son 3 también.
Felicidad, Serenidad y Ecuanimidad.
Y pensareis, muy bien, vale, yo lo que quiero es ser feliz, tener serenidad y ser ecuánime.
¿Qué hago?
Bien, pues la respuesta es que para encontrar estos 3 estados hay que comprender porque aparecen y permanecen los 3 estados “malos”.
Hay que entender y asimilar íntimamente las razones por las que te sientes atemorizado, iracundo y triste.

Un detalle extremadamente importante.
El miedo, la ira y la tristeza son estados emocionales con reflejo FISICO.
¿Y esto qué es?.
Esto significa que solo se constatan porque son estados físicos, ciertamente son estados mentales, pero tienen un efecto psicosomático muy adherido a la genética.
Por ejemplo, el miedo es útil, es el que nos preserva la vida, es el que nos avisa de un peligro.
Cuando uno tiene miedo, generalmente la tensión sanguínea aumenta y los latidos del corazón suben, esto sirve para bombear más sangre hacia las extremidades y permitirnos escapar o pelear.

Es decir, es un estado FISICO provocado por un PENSAMIENTO.

Cuando uno siente ira, uno de los efectos es que se fuerzan las mandíbulas (se aprietan los dientes), para involuntariamente encajar mejor un posible golpe, los iracundos buscan el enfrentamiento y la confrontación, por eso se aprietan los puños y sienten mucha inquietud en las piernas.

¿Y cuando uno está triste?
Pues bien, esa tristeza sirve para entrar en un periodo de laxitud y poder pensar más despacio, con más detalle, el organismo enlentece para permitirnos escribir con buena letra. Eso es la tristeza. A diferencia de lo que puede pensarse, la tristeza es una predisposición biológica muy útil. Este bajón en la actividad normal nos brinda la oportunidad de planificar y valorar consecuencias. En definitiva, de resolver, aceptar, asimilar o trascender la causa propia de la tristeza. Por supuesto hablo de una tristeza lógica, justa y realista.

Esto funciona así.
PRIMERO ES EL PENSAMIENTO Y LUEGO LA EMOCION.
SIEMPRE.
Aquí utilizo emoción = sentimiento.
Lo repito.
SIEMPRE es primero el pensamiento y luego la emoción.

El pensamiento puede ser advertido (percibido) o inadvertido (no percibido).
En cualquier caso, el pensamiento ha estado ahí.
Prestando atención se observan los pensamientos que en estados de tristeza o frustración pasan desapercibidos.
Así que lo primero es advertir los pensamientos, percibir y entender su mensaje.
El pensamiento es esa voz que nos amartilla la mente una y otra vez de forma continua.
Es esa voz que nos despierta por la noche diciéndonos que no tenemos trabajo o que tenemos esta o aquella enfermedad o que deberíamos estar preocupados por un asunto u otro.
Es esa voz que pregunta ¿qué voy a hacer con mi vida?
Esa voz que te dice que eres un desgraciado y que tienes razones para pensar así.
Todo esto ocurre dentro de la mente, el pensamiento verbalizado es la palabra, y aquí hablamos de pensamientos.
Como digo, esa voz está en la mente, y la mente es nuestra, vive con nosotros de forma ininterrumpida, la tenemos ahí arriba, sobre los hombros, en el cerebro, y el cerebro también es nuestro.
Lo que vamos a hacer es darnos cuenta de que el cerebro es nuestro y no al revés.
Vamos a poner al cerebro a trabajar a nuestro favor y no en nuestra contra.

Es cierto que “no se puede controlar” lo que pensamos, si pudiéramos hacer eso nadie tendría pensamientos tristes o amargos.
Tenemos cierto control sobre los pensamientos, pero la mayoría de la gente no podemos controlarlos hasta ese nivel, tampoco podemos acallar la mente, o apagarla, no hay un botón de apagado para los pensamientos, seguro que ya os habéis dado cuenta.
Pero tenemos algo.
Si percibís realmente que es cierto que primero es el pensamiento y luego la emoción SIEMPRE, entonces existe la oportunidad de analizar ese pensamiento que desencadena la posterior emoción sentida.
Esto es como hacer ingeniería inversa.
Vamos a constatar que son nuestros propios pensamientos los causantes de la emoción (sentimiento).
Una vez constatado podemos modificar ese pensamiento o incluir uno nuevo ANTES  de la emoción o corregir el pensamiento que desencadena tristeza por un pensamiento más realista y/o menos doloroso.

Los pensamientos automatizados integrados en el carácter, en el día a día, en la vida cotidiana, son los responsables de estas emociones negativas. Hay que detectarlos para poder trabajar sobre ellos y cambiarlos.

Esto no es nada misterioso, requiere esfuerzo y dedicación, pero como he dicho, se trata de poner el cerebro a trabajar a nuestro favor, de ponerlo a trabajar para que proporcione bienestar en lugar de tenerlo en nuestra contra, que es como está muy a menudo, y es el estado “por defecto” en multitud de personas. (Esas que llamamos pesimistas).

Como digo hay que sustituir ese pensamiento por pensamientos realistas, generalmente los pensamientos que repetimos son catastrofistas y muy poco justos, HAY QUE CAMBIARLOS.

Ante un ¿qué voy a hacer ahora sin trabajo?, hay que valorar lo que se ha hecho antes en el pasado, la situación actual y analizar las posibilidades reales de obtener un nuevo trabajo.
Desconozco cuál será la conclusión de este ejercicio, pero observad que ya hemos evitado entrar en la espiral catastrofista de repetir una y otra vez una pregunta para la que no tenemos respuesta.

Se ha creado un nuevo camino, dadle una oportunidad a ese camino.
NUNCA HAY QUE MATAR LA OPORTUNIDAD.
Hay que dejar de ver el pasado como un lastre y aprender de él.
Es lo mejor que podemos hacer con el pasado.
En realidad es lo único sensato que podemos hacer con el pasado.
Todo lo demás suele resultar amargo.

Si alguien se percibe como un desgraciado es en gran medida por el diálogo mental que mantiene consigo mismo de forma continua.
Las personas que se sienten mal continuamente, a menudo tienen diálogos demoledores consigo mismos, diálogos muy injustos, muy duros y nada realistas. Uno no debe sentir pena por sí mismo, la pena no es útil, se puede sentir compasión, pues la compasión lleva al Amor y hará crecer el Amor propio, la pena es un sentimiento estéril cuando no destructivo,  pero hablaremos de esto en otro momento.

Nadie se merece una mente que le esté arreando continuamente. Eso hay que corregirlo.
Todo esto no es nuevo, son técnicas milenarias que hoy llamamos programación neurolingüística, confrontación temperamental, inteligencia emocional, técnicas de reeducación cognitiva, etc, etc.

Todo vigente y actual, pero conocido desde hace más de 2500 años con nombres menos sofisticados.
Estas técnicas son plenamente eficaces a día de hoy y su funcionamiento está más que demostrado.

Es pasmosamente simple, de simple que es, pasa desapercibido.
La única pega es que LO DEBE HACER UNO MISMO, UNO MISMO DEBE COMPROBAR QUE ESTO ES VERDAD.
No es fácil conseguirlo, pero es posible, incluso es probable si se ponen el empeño y la voluntad necesarias.

Ya tenéis la herramienta y el plan de trabajo.
Cualquier duda, enviad un email, no publiquéis en el blog asuntos o datos personales a fin de preservar vuestra propia intimidad y privacidad.

Y recordad……

El dolor es inevitable, el sufrimiento no.

Vive en el presente, es lo único que de verdad tienes.

No te culpes demasiado, si no cometiéramos errores no tendríamos ocasión de corregirlos y por tanto de aprender.

No conozco a ningún niño que no se haya caído alguna vez. Y ahora TODOS saben levantarse.

El peor juez para juzgarte eres tú mismo, porque no eres imparcial.

Hazte amigo de tu cerebro, habla con él y ponlo a tu favor.

Tus pensamientos te pertenecen, tú no estás a merced de ellos.

Tú no eres el miedo.

Es el contenido de la mente lo que rige como te sientes, ordénalo, colócalo, cuídalo y se selectivo, nadie guarda en su cocina fruta podrida.

Se firme contigo mismo.

Deja de destruir y comienza a construir, empieza por tus pensamientos, obsérvalos y si te duelen construye unos nuevos, distintos, realistas y amables.

Me gustaría terminar este hilo con una frase que expresa de forma extraordinariamente exacta la actitud correcta que debe tener una mente ante las adversidades.

Se ha quemado el granero, ahora puedo ver la luna.
Mizuta Masahide. (1657-1723).

Mucho ánimo a tod@s.

Seguimos………..

 

Se podría decir que el Amor, la ira y el odio son lenguajes.

Para comprender mejor esto, digamos que el lenguaje es el “vehículo” mediante el cual se transmite “algo” que posteriormente se puede convertir en conocimiento o no.
Tal vez no sea la mejor descripción del término “lenguaje”, pero desde luego servirá para lo que se quiere expresar en estas líneas.
Sin duda, el lenguaje no son solo palabras.
Existe un lenguaje mental formado de sensaciones a las que hemos puesto nombre.

El Amor es un lenguaje universal y primario.
La ira es un lenguaje universal y secundario.
El odio es un lenguaje universal y terciario.

Se utiliza el término “primario” cuando algo es genuino y no requiere de ninguna causa previa para su aparición y desarrollo, puede aparecer por si mismo de forma espontánea.
Se utiliza el término “secundario” cuando lo que aparece (ira, por ejemplo), es el resultado de algo anterior y sin ese algo anterior no puede darse.
Se utiliza el término “terciario” cuando lo que aparece (odio, por ejemplo), es el resultado de al menos dos factores anteriores que han requerido un juicio previo y una decisión final.

Para observar esto por uno mismo, hace falta progresar en la introspección y observar como surgen tanto unos como otros.
De donde nacen, como permanecen, como se desarrollan, como crecen, como se alimentan, como intentar perpetuarse…etc.

Puede alguien pensar que el odio también es un leguaje primario, pero no lo es.
El odio es terciario, pues para Amar no es necesario un conocimiento previo ni un juicio ni una valoración anterior de la otra parte (de la parte objeto del odio); mientras que para odiar si es necesaria una razón previa o un conocimiento anterior (aunque sea un rasgo cultural, por poner un ejemplo), y con ese conocimiento, posteriormente aparece un juicio y una comparación que derivarán en el odio (que podrá permanecer o no).
De esta forma, aunque universal (porque todas las personas han sentido odio alguna vez), no es de orden primario pues requiere unas circunstancias anteriores.

A su vez, la ira que podría parecer también una sensación primaria, tampoco lo es.
Aparentemente se muestra sin un desencadenante previo, pero de hecho hay un desencadenante y aunque es sutil, es perceptible y observable.

Solo la ira es voluntaria.
El Amor Incondicional no se puede sentir si la mente no está preparada, pero todos podemos mostrarnos irascibles con mayor o menor facilidad.

La ira genera un movimiento negativo.
El Amor Incondicional mejora el mundo.
La ira y el odio sugieren separación y fraccionamiento.
El Amor Incondicional busca la unidad.

Mediante el Amor Incondicional uno se olvida de si mismo, pues a pesar de que las sensaciones que se perciben son extremadamente intensas, gratificantes y serenas, estas no buscan perpetuarse y no se refuerza el ego ni la búsqueda de placer y por esto se puede acallar momentáneamente el “yo”.
El Amor Incondicional no es una acción, está más allá de cualquier acción, es más una sensación, un presentimiento o una intuición que desaparece cuando es percibido.
Cuando es percibido cambia, ya no es Amor Incondicional.

Al principio es parecido a una Compasión absolutamente libre de juicio y/o comparación.
Ojo, digo Compasión, no pena, cuidado con esto.

Cuando uno siente pena, la mente cree que el sujeto está por encima del destinatario de nuestra pena (aunque sea de manera inconsciente).
La pena es un sentimiento digno pero mediocre, no es puro, si siquiera es saludable.
No ayuda al otro y para uno mismo puede llegar a ser demoledora.
La pena no es útil.

La Compasión en cambio va dirigida a alguien a quien no se ha juzgado, no es lástima. La lástima es similar a la pena.
Es simplemente Compasión, no requiere explicación ni tampoco argumento para justificarse. Está ahí y así es percibida.
La Compasión es un sentimiento extremadamente puro y quien la siente, percibe a la vez una gran urgencia por participar en la resolución del conflicto que ha hecho florecer esa Compasión.

El Amor Incondicional comienza sus primeros pasos con esos presentimientos de compasión hacia algo o hacia alguien.
El sentimiento es tan genuino que no aparecen preguntas en la mente sino la intención clara de identificarse con el igual y dar sin esperar nada a cambio. (Digo identificarse, no compararse).

Esa Compasión, una vez comprendida y cultivada se convierte en Amor Incondicional hacia todo y hacia todos.
No puede haber excepciones, si las hay es que algo ha ido mal y el camino y el fin no son los correctos.

La ira y el odio pueden conducir a la paz, esto es posible, pero la paz nunca conduce ni a la ira ni al odio.