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Si este no fuera el último día, no habría notado el peso al levantarme.
No habría olido el cabello de quien descansa a mi lado ni le hubiera acariciado la cara mientras dormía.
No habría hablado con la pequeña mientras descansaba calmada, relajada y durmiente apoyada sobre sus muñecos de peluche.
No habría formulado los deseos que espero para ellas y para el día de hoy.
Tampoco habría percibido el peso y el sonido del agua sobre el cuerpo al ducharme ni el olor del jabón, ni la textura de las miles de pompas sobre la piel.
Pompas grandes, diminutas, pompas todas, tan iguales, tan distintas.
Tal vez no me habría puesto una sonrisa en la boca para fluir durante el día.
Tal vez me hubiera puesto la cara enfadada, tensa, desagradable y hostil que tantos días nos ponemos para funcionar en la vida.

Al salir no habría reparado en el aire frío impactando sobre la cara y las manos.
No habría percibido el movimiento de las ramas de los árboles desnudos cimbreándose sobre el tronco.
Tampoco habría podido esquivar la hierba sembrada de rocío brillante y la habría pisado sin duda, sin respeto, sin que me importara.
No habría percibido el regalo del aire haciendo volar varios papeles sobre la cabeza como si fueran cometas.
Y no habría escuchado el leve trino de algún pájaro que también ha madrugado.

Al conducir no habría sentido el volante sólido y frío.
No habría sentido la inercia del arranque y el movimiento ni el desplazamiento del frenado.
No habría tenido ocasión de sonreir en el atasco.
No habría visto el rayo de sol que a través de la ventana se posó sobre mi mano e hizo que cambiara su temperatura, su color y su brillo.
No habría visto como llueve.
No habría visto como cada gota de agua revienta en el suelo convirtiéndose en miles de pequeñas gotas iguales y distintas que la gota inicial que cae del cielo.

Al comer no habría pensado en cada movimiento desde el plato hasta mi boca y en todo lo que eso conlleva.
No habría bebido agua fría sintiendo su paso desde la boca al estómago, observando como desaparecía la sensación de sed.

Si no fuera el último día, no habría saboreado el postre de la misma forma.
Tampoco me hubiera relacionado con otras personas desde la calma, la serenidad y la atención, escuchando, reflexionando y respondiendo solo cuando es necesario, sin llenar el día de palabras inútiles que no son más que ruido y violencia.

Y desde luego, no habría respirado como si fuera la única cosa sobre la que tuviera control (que tampoco).
Igual no es mi último día y mañana puedo repetir estas experiencias maravillosas.

¿Quien sabe?

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Conversaciones_18

Publicado: 22 octubre 2013 en Conversaciones
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Pregunta:
Aceptar es rendirse, no creo que eso sea una solución.
¿Eso es lo que debemos hacer?

Respuesta:
¿Una solución?
¿Una solución a que problema?

No creo que  de ningún modo aceptar sea o conlleve rendirse.
Hay muchas formas de apreciar la aceptación, pero no debe suponer en ningún caso una sensación de rendición.
Esa percepción parece ser errónea.

Debe empezar por algún sitio, algún lugar claro, alguna pregunta concreta.
Por ejemplo, ¿Por qué quiere usted aceptar? ¿Qué situación debe ser aceptada?
¿Se acepta usted a si mismo tal como es ahora en este mismo instante?
No después ni antes, EN ESTE MISMO INSTANTE.
Vea su conflicto, percíbalo para poder tener la oportunidad de resolverlo.

Después veremos en qué consiste la aceptación según el contexto.

Una de las causas más comunes para aceptar algo es que uno piensa que dejará de sufrir.
“Aceptar” esa circunstancia (sobrevenida) que se ha presentado llevará a un estado en ausencia de sufrimiento.
Eso es una creencia.

Uno sufre porque tiene extraordinariamente arraigada la creencia de que lo que acontece, lo que ocurre, si es malo, no debería ocurrir.

Normalmente no cuestionamos lo que nos proporciona calma o beneficios o placer.
En cambio, hay una resistencia frontal hacia todo aquello que nos produce sufrimiento.
La respuesta es automática, algo ocurre, nos crea sufrimiento, lo tenemos como una respuesta natural, pero no lo es.
Eso tan solo ocurre si la mente etiqueta lo acontecido como “malo para mí”

En ese caso, la mente cree que eso que hace sufrir no debería ser así.
Se rebela contra eso que ha sucedido, se resiste, impide, lo rechaza.
No lo quiere (no lo acepta), porque sabe que le va a hacer sufrir.

Eso es conflicto, es violencia, es confrontación.

¿Que hay entre lo acontecido y el sufrimiento percibido?
La idea de que aquello es malo.
Si algo se puede hacer es en ese momento, entre lo acontecido y lo etiquetado como amenaza.

Hay algo que continuamente nos impide alcanzar aquello que nos proponemos, en este caso aceptar.

¿Qué es aquello que nos impide simplemente aceptar?
¿Qué es aquello que nos impide simplemente permitir?
¿Qué es aquello que está permanentemente presente y nos impide todo esto?

Es algo que podemos cambiar, incluso ignorar, es algo que debe uno identificar dentro de su pensamiento.
La aceptación de “LO QUE ES” en todo momento y en toda circunstancia erradica el sufrimiento.
Esto no es de ningún modo una actitud pasiva o una intención de ignorar las circunstancias o de mirar hacia otro lado.

¿Entonces que es esta aceptación?

Esta aceptación desde luego debe ser intencionada y consciente, pero no por eso es una acción que haya que llevar a cabo.

Esta aceptación es permitir.
No ignorar, no esquivar, no evitar, sino permitir, observar en ausencia de juicio, de acción y de intención.
Observación pura.

No se trata de ser otro, de cambiar o de ser diferente.

¿Acaso puedes ser diferente de lo que eres EN ESTE MOMENTO?
Sea lo que sea que tú creas ser, no entremos en eso ahora…
¿Puedes ser diferente de lo que eres EN ESTE INSTANTE?

La respuesta es sencilla y rotunda.
No.
Por tanto, actúa como creas que debas hacerlo EN ESE INSTANTE y PERMITE que las cosas sigan su curso.
En este contexto tú eres solo un observador, no el causante de la acción.

Permite sin crear resistencias y observa que ocurre.
Simplemente PERMITE.